Salgo de la estación cuando el último metro me deja en mi parada y cojo el mismo camino que cojo todos los domingos para ir a casa. Son las once de la noche y hay muy poca gente en la calle, pocos coches en la carretera. Me gusta andar sólo por la calle porque puedo cantar sin que nadie me oiga, pero dos señoras hacen que baje el tono cuando me adelantan para coger el último bus, corriendo. Cuando paso por la parada, veo cómo el conductor les hace el gesto con la cabeza de que no puede abrir las puertas una vez que se ha puesto en marcha, mientras las señoras le gritan que no sea así, y que les abra por favor, pero no lo hace. El bus sigue su camino y yo sigo el mío, en la misma dirección; las señoras están desconcertadas.
Un semáforo en rojo hace que el bus se pare y puedo mirar a la cara al conductor, que mira a las señoras por el espejo retrovisor; ahora me mira a mi: no está orgulloso de lo que ha hecho, lo veo en su cara, estoy seguro de que si alguien se mete a conductor de autobus, no es para dejar tiradas a las pobres señoras en la parada, posiblemente seran reglas contra las que el conductor no puede hacer nada. El semáforo se pone en verde, me olvido del tema, sigo mi camino.
Estoy cantando Tears in heaven, llevo todo el día con esa canción en la cabeza: ayer Dani la tocó en la barbacoa y fue increible, quiero aprenderla. Vuelvo a bajar el tono de voz porque hay un grupo de gente junto a dos autobuses parados. Creo que he llegado a la siguiente parada, otra vez el mismo bus, pero el conductor no está dentro. Cuando llego a la altura del morro, veo que la luna delantera está reventada y a dos metros de distancia hay un hombre inconsciente en el suelo, sobre un charco de sangre, mientras otro hombre le toma el pulso y un tercero llama a urgencias. Los demás miran.
No es la siguiente parada. Busco con la mirada al conductor del autobus y espero por todo lo que hay en el mundo que el conductor que ha atropellado al hombre no sea el mismo que me ha mirado con esa cara minutos antes. No veo su cara por ningún lado, me alegro, no quiero imaginar la sensación que se le hubiera quedado al conductor. Al fin y al cabo, si hubiera abierto la puerta a las señoras, no hubiera atropellado al señor inconsciente del suelo. Pero no es él, o eso creo.
El hombre que está tomando el pulso al señor se levanta llorando, tiene el uniforme de conductor de autobus y me mira directo a los ojos. Es él, y me duele; sé que está pensando lo mismo que yo: las señoras. "Pero ya no puedes hacer nada, en el fondo sabes que no es tu culpa".
Sólo espero que mañana en la página de sucesos no aparezca que el señor inconsciente ha muerto.
fue tu culpa claramente asier
ResponderEliminarbuena anecdota ve
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